JOSE ANTONIO PÉREZ LOSADA

José Antonio Pérez Losada

Web de José Antonio Pérez Losada, literatura y pintura.

El tiempo y el olvido – Tiempo de olvidar

Poesía para leer

agosto 2012 por José Antonio Pérez Losada

I.- Crepúsculo

El crepúsculo rojo y dorado
se abre con su multitud de estrellas
que tenues empiezan a brillar.

El crepúsculo se abre y dentro la
eternidad de unos instantes, con
el viento suave que puebla la umbría
del parque, el murmullo del río,
la claridad de la vieja fuente que rezuma
lustros; con sus imágenes pétreas que hablan
de sol y luna, con su sueño
de piedra humedecido.

El crepúsculo se cierra y las grandes estrellas
pueblan con fulgor la bóveda celeste.
Y siento la necesidad, de que, se vuelva a abrir,
de sentir su transparencia, su álito de vida en
mi interior.

Los niños juegan, la noche empieza
a poblarme.

1

II.- Sueño y raíces

A veces, las tardes son de aburrimiento, de calor
en el estío; otras de la delicada brisa de los sauces.

Tiempo atrás en mi memoria un hombre
vaga por la niebla. El mar
bruñe las rocas, arremolina tempestuoso
su piel parda de algas.

Una oropéndola canta en el estío
silvos de verdes nueces y cerezas granates,
la amapola vibra somnolienta sueños de verano.
La grulla de largas patas se zambulle
en el frescor, de las orillas
del lago poblado de fresnos de la umbría
de mi memoria.

Ciertamente la leyenda
que yo sueño es verde dorada, parda oscura
como las raíces de los árboles entrelazadas,
como una tumba de humus y hojarasca;
con la fuerza silenciosa e ingrávida de todas
las estaciones,
en un tiempo sin cronología, trasluciendo
la existencia de la eternidad
en los límites y confines de la vida,
cognoscible imaginable.

2

Ciertamente es un misterio
y una magia como hoy
para mi en un instante,
se abre y se cierra la belleza de los
tulipanes en el jardín.

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III.- La guerra

Un hombre fue a la guerra
y encontró la desolación de las estrellas,
en la profundidad de su ser
su luz era frío y dolor, soledad.

Le marcó la piel
los ojos, sus manos; los combates
le hirieron el alma, la consciencia;
en una herida incurable
profunda, oscura…

Más tarde se casó y tuvo hijos,
el campo se pobló de flores y frutos,
y fue feliz.

Pero en su memoria, muy de vez en vez,
de año en año, de tarde en tarde;
siente la desolación de las estrellas,
el pánico la muerte la soledad;

4

la herida que sangra en la profundidad
y no tiene fin, y duele y no tiene cura;
pequeña, ignota;
ignorada por los demás.

Y el hombre llora
llora y sangra
y los demás no se enteran.

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IV. Poeta I

El poeta fue huracán y fue
tormenta, fue playa herida
es arena. Navega en el caballo
verde azul del mar, es tiempo
es poema. Una paloma azul con
plumas de estrellas…

Y me recuerdo, me recorto
en la geografía y el olvido.

El viento pulsa en mi memoria
playas blancas, conchas geométricas de
nácar, gaviotas; el flujo y
el reflujo del mar golpeando la arena.

El viento pulsa en mi memoria también
silencio; y música de clavicornio,
pulsa puntos de eternidad, comas de agua,
de ríos cristalinos en verano
cuando la sombra y el sol despliegan
sus velas en completa quietud.

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Y me acuerdo de que
la riqueza y la pobreza
no es sólo dinero;
de que posiblemente mi hermano
no me entienda
no me vea en mi transparencia,
en mi consciencia ; no vea la luz
que me puebla ni el bosque que me
habita.

El mar bruñe las rocas, me refresca la piel
me humedece en la profundidad,
y me sé salino; habitado
de antiguas barcas de velas blancas,
y me sé luz que dora la playa
al atardecer, entre
el viento y la calma, el crepúsculo.

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V. In memorian

El mal tiempo atardece mi respiración
la oscurece en cenizas.

En otro tiempo yo era feliz;
tenía amigos a los que abrazar
con los que reír, con los que
hablar sobre trascendencias;
alegres mujeres de cuerpos jóvenes
que me sonreían y me amaban
con la naturalidad del agua. Pero
el mal tiempo; nubes oscuras mortecinas
que penetraron en mi alma; transformó
quizás, lo más bello de mí en la
destrucción del sol y la luna.

Desde entonces vago en el naufragio,
camino lento errante por las urbes;
sólo encuentro cortos descansos,
me afloró a los labios
y a los ojos una misteriosa
sonrisa.

Era el tiempo en que yo era feliz.
Hoy soy distinto a lo que he sido
en un cuerpo que por lo general
funciona correctamente.

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Entendedme bien, no es autocompasión,
ni autocrueldad; es un extraño veneno
que a veces me derriba, que me hunde su
aliento y su substancia como una
puñalada en el cerebro.

El mal tiempo atardece mi
respiración, la oscurece en el olvido.

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VI.- Sueño y poema I.

Yo quisiera ser la noche profunda
perleada de estrellas y el sol en su cenit
en primavera
quisiera ser el humus umbrío de la tierra;
y un ave
un ave que se complace en su vuelo y
huele y sigue las corrientes del aire,
de zarzas de helechos; de ciruelas amarillas en
verano, cuando el calor empieza a decaer
y el bienestar circula entre la camisa y la piel.

Y os diré lo que no quiero ser:
el dolor
ni el clavo asesino ni la cruz ni el martillo
ni la lanza ni el crucificado ni el apóstol…,
quizás el amigo.

Florecen las estrellas en la medianoche
en el campo de la primavera,
en cada flor
rosa o campanilla,
en cada lagarto en su agujero;
en cada niño que comienza
a caminar, en cada niño en su cuna
que duerme y sonríe
y se llama un nombre.

La tierra en el crepúsculo
vacía sus pulmones y sentimos
la calidez de su respiración.

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VII.- La burla

Es curioso observar como el destino
nos burla: Años atando cabos para
en breves instantes deshacerse los nudos.

Es el destino que golpea como dura piedra,
los puntos más fuertes y los más débiles:
Y los derriba los rompe
en mil trozos.

La burla del destino, que se ríe con dientes
de algo que nos pertenece. Y el hombre,
el pobre hombre que somos todos,
pedernal pulverizado en una chispa
que desaparece.

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VIII.- Alma

La tarde oscurece los manzanos;
el mar al fondo en soliloquio
eterno de luz y sombras marinas;
gaviotas lo revuelan

El atardecer poblado de aire
marino, primordial salino,
me inunda los pulmones
me genera fuerza de roble;
me oscurece en el claroscuro
de la umbría, con la transparencia
de la brisa al fondo
tapizando los eucaliptos.

Es el paisaje que vive
y lo habito; en comunión
somos más que pura geografía,
somos la matemática
de la vida en el planeta.

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IX.- La noche y el fuego

El mar susurra fábulas en
las crestas de las olas.

El marinero y su red se
hunden en la penumbra de la noche.

Las hogueras se encienden a lo lejos
en el plenilunio celeste de las playas.
El mar remansa, se oscurecen los pinos.

Una dorna cabalga la noche
en letanía de estrellas. El mar, siempre
el mar acariciando la playa, un vaivén
cristalino azulea mi memoria:

Yo he sido
concha y alga
bruma y gaviota que grazna.

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La noche oscurece, la transparencia
la hace nocturna de faros y sirenas
de ecos y acantilados,
de espuma luminosa.

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X.- Preguntas

Por la noche las barcas terciopelan
la playa.

Allá al sur el sol y el mar verde,
piedras preciosas de la arena. Yo me pregunto:
explícame
el alma. Al claroscuro un viejo y su bastón
vagan por la alameda tempestuosa.

Los álamos cantan la balada del horizonte,
el mar profundo tapizando los eucaliptos.

Un verso y el viento, el pelo negro
ondeando en sinfonías de espumas,
Descríbeme el paso de los astros. La monotonía
pulsa teclas de clavicornio.

Al principio el mar y la tierra, no había tiempo.
Al principio, yo lloré al principio.

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XI.- Claroscuro

El mar trae olas cristalinas.

Al atardecer la tarde herida se dolía
en las esquinas,
en el mediodía el tiempo era monocorde
como una nota repetida en el plenilunio,
en el silencio de los bosques;
pero agradable con una transparencia oscura.

Al atardecer el sol remansa en el horizonte;
en una confusión de playas el mar agitado
bruñe las rocas, en una confusión de tiempos
navega el ciudadano. Los tordos acarician la
tarde en un terciopelo claroscuro; el paisaje
sueña en verano tibieza.

En el claroscuro, vivo.

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XII.- El odio

Una dorna navega un remanso
oscuro, al fondo el turbio verde
del mar entre los espejos;

aquel hombre con su maletín
vacío por la calle, contrabandeaba
poética y conciencia, y el susurro lento
lento y tenue de la amistad;

Y era odiado y maldito,

el odio le hería cada milímetro
de su piel.

Yo lo conocí en primavera
u otoño, no recuerdo bien; el
viento era suave y ligero, la hojarasca
perleaba la aceras de la urbe; yo estaba
enamorado e ignoraba la vida
e incluso el suicidio.

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Aquel hombre y su maletín vacío;
las estrellas herían el alma;
aquel hombre con su maletín
vacío,
el viento arremolinaba hojarasca
en la alameda…

Si me acuerdo.

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XIII.- El tiempo y el olvido

Puedo verme en la distancia.

En el bosque profundo y umbrío
un manantial de agua clara, las ninfas
del verano se adormecen entre el murmullo
del agua cristalina transparente, lenta.

Era una vez un viejo
de dorados cabellos, que cabalgaba a lomos de
un blanco caballo; entre la playa y los robles, entre el
cielo y la tierra, entre la luz y las sombras.
Y un ser que soñaba un sueño dulce y sereno
entre el pedregal y el desierto.

Era una vez
un agua envenenada y pútrida de la que se alimentaban
los seres de un contorno; se imaginaban los hijos de Dios,
maltrataban al viajero, al visitante.

Era el mar en la
profundidad del horizonte; era un planeta azul
y verde dando vueltas alrededor de una estrella
en el tiempo infinito del universo.

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Era el tiempo y el olvido.
Era el polvo y la hojarasca; era el viento tenue
que canta canciones de otoño; era la raíz
y la piel del agua.

Y un hombre camina lento en la niebla,
cansado pesado joven; en sus brazos lleva
la savia de los robles, en su espalda
el cansancio de las estrellas; caminando lento
entre la niebla, habitada de animales
que odian que gruñen,
salvajes de sangre.

Era un puerto lejano en una isla,
el trajín lento del mar, la primavera.
La palabra en su pleno sentido, el verso
el poema. Una isla y un puerto,
el mar el cielo azul, el limpio aire
el deleite al respirar.

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Sus habitantes semejantes, hospitalarios,
hermanos en el alma.

Los árboles antiguos
las hogueras de la noche
el sueño de la tarde
el acantilado,
el mar y las estrellas.

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XIV.- Versos

En un día gris, un ave cantó canciones tan antiguas
como el hombre.

En un día azul, un hombre escribió
en su diario, que se le agotaron las estancias
y a donde ir, y lloró en silencio su vacío, y escribió
versos en su diario de navegante forzoso y esforzado;
ni los versos ni el conocimiento eran el paraíso,
simplemente era el cascarón de madera de su
barca. Y lloró su impotencia y la tempestuosidad del mar;
no había puertos para él.

Solo, a la deriva, impotente
ante los vientos. Lo que le habían enseñado
y lo que había aprendido, era alimento, en parte enmohecido,
que llevaba en su barca.

El poeta desapareció en el mar,
tras una cortina de niebla.

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XV.- Sueño y poema II

El viento lee versos en mis oídos.
El sueño del roble adormece
el susurro del río. Lento se aproxima
el otoño, lento con el oro rojo de las viñas
el cobre de la hojarasca, el rumor
lento de los eucaliptos.

Vivo en un valle verde y habito el aire,
sonrío en las fuentes de agua cristalina
vuelo con el pájaro
y me alimento del alma,
del alma del valle. Suenan ecos
del pasado leo a veces su tormenta de pájaros;
he sido la enfermedad
de un vuelo de palomas en el infierno;
hoy más curtido observo
cavilo sobre el acontecer; he sido un
rey que ha muerto de soledad;

renazco sobre el agridulce dolor y placer.

El eco del valle trae hasta mí el sonido
de campañas oscuras, de trabajo y paz;
el murmullo de la umbría,
el zumbido de la armonía animando
el aliento;
flores perfectas en el jardín.

Sueño, el pueril decirlo
el poema es sueño, puro sueño.

23

XVI.- La tarde

Hoy ríos secos me recorren;
en el umbrío pedregal de mi cuerpo
sólo hay arena reseca
por la que serpentea la tarde calurosa;
ajena y olvidada del frescor vivo de
otro tiempo. Más breves recuerdos
puntean mi pecho, henchido de cansancio
y ligeros arañazos melancólicos
de dolor.

La sed me habita hoy de gran
manera; podría soñar, con una canción
de danza bajo la lluvia,
o con magnolias entreabiertas en una
noche transparente, o crear un personaje
y darle un nombre.

Poco a poco voy viviendo mi tiempo.
Escuchando las historias y canciones
de un viejo, que mágico y sabio me habla;
y me asusto
y me da miedo;
y al crepúsculo en un lugar
que hay entre el día y la noche
leo mi propia historia.

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Gorjean los gavilanes en la antesala
del jardín la pelea eterna de la supervivencia;
y me gustaría ser hierba
o piedra.

La tarde muere al crepúsculo;
la noche la va habitando con su misterio
y su sombra.

25

Se duerme el horizonte en canción
de otoño.

En el claroscuro las gaviotas ingrávidas
sueñan con Dios; el hombre, por vanidad
se volvió simple animal, ciego y perdido
hace ya tiempo, mucho tiempo…

El planeta emite su energía vital, y
nosotros en identidad la recibimos, y
respiramos el aire de la alta montaña
de la montaña nevada,
y la piel se vuelve cuero.

Vuelo con la paloma
al concierto de luz del amanecer
en el bosque de los árboles
con frutos esenciales; las hojas
cobrizas alfombran el suelo; en sinfonía
de luz el rocío perlea la hierba, las ocultas tumbas
milenarias duermen.

En la sinfonía de luz, tan sólo la luz,
los árboles, las esencias y el sueño;
la belleza con su ritmo
de manantial.

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XVIII.- Poeta II

Y llueve en la tarde plomiza;
en mis neuronas, el verso no tiene estación ni tiempo
ni edad…Cabalga caballero en corcel blanco por la playa
dorada y el mar azul de mi ser.

Me sé sombrío y pardo
como las raíces; cristalino y húmedo como las fuentes
en verano. La maravilla de la crisálida y la belleza
del diamante; el sueño de la amapola y la transparencia
del canto de la oropéndola.

Amanece, amanece, amanece.

Visión de amanecer en mis ojos pardos,
me sé salino, poblado de barcas de velas blancas

en la tarde ingrávida del verano;
marineros que pescan, y lentamente el sol va
habitando mis venas
la arena mis pies,
el mar mi cuerpo;

las gaviotas y el aire mi cabeza (en una sinfonía
de luz y sombra, con el vaivén del mar acariciando
la playa, como contrapunto).

27

Sé que escribir el verso, es tan sólo
respirar instantes de nieve y comer dulces
granadas. Después viene el otoño, cetrino, con su piel
alfombrando alamedas; la lluvia tenue la neblina fantasmal
acariciando las petunias;

y los magnolios que tienen un no sé que
de primigenios y ancestrales. El primer árbol de la
creación debió ser un magnolio.

Escribir versos es sentirse en el jardín de la creación
donde soy uno con todo lo que me habita:
el agua de las fuentes
el aire que mece las enrramadas
la tierra y las formas
el fuego primitivo del color;
la luz y la noche, amo a una mujer tierna y alegre
a un hijo que me hereda y en el que me veo;
y me aman y soy feliz con la felicidad
del sauce y del cuarzo, vegetal y mineral en mi
felicidad.

28

XIX.- Vuelo II

Por el camino lento del mar
navega una barca de velas blancas.

El mar agitado hiere con su respiración
los cuerpos, que inútiles y lastimeros
se duelen.

Al fondo oteando el horizonte
el sol lejano y ausente duerme el sueño
duradero de la luz.

Mas aquí, en la playa, en la arena
un niño juega
a veces solitario
a veces en compañía.

Las conchas en paisaje paterno
lo mecen al atardecer.

29

XX.- Soledad y noche

Se hace pesada la soledad,
duro muro que erosiona el estómago.

Forzar el verso no tiene sentido,
únicamente admisible cuando la sed
es tan grande que la embriaguez
empapa el folio, como la cera
el pabilo de la vela.

El viento en el noroeste, el viento
tiene sabor a recio y a elemental.

La enfermedad se lo llevó todo, sólo
quedó la hiedra que esmeraldina
trepa por la piedra. El vacío es tal
que mi ser se convierte en vacío, y ya
no hay nada, nada a lo que agarrarse,
nada, ni el suelo.

30

?En otro tiempo…?, para que hablar
de otro tiempo, si el presente es éste,
tan miserable que no tiene nombre.

El viento y la vela; un mirar en el
horizonte el verano,
y la luz en concierto uniforme
encegueciendo las alamedas;
el mar al fondo en vaivén monótono,
espejismo del frescor.

31

XXI.- Poeta III.

Por la tarde trae el aire
canciones de otoño, los grajos en
bandada escriben el contrapunto
del paisaje.

Los castaños en partitura de luz y sombras
para el que mira, susurran violines
de agua, la tierra esmeralda habla
de rocío y se deja adormecer por el sol.

En el noroeste hoy las enrramadas hablan
de tibieza.

El hombre y la mujer, así de sencillo, solos,
en el tiempo de la historia. Tiempo que habla
de tiempo y de vértigo. De naufragio,
de vértigo
de vértigo y transcurrir.

Más allá; en los bosques sombríos
y fríos; la muerte explicando el misterio;
misterio que debía ser el comienzo
del abecedario.

En el noroeste, hoy las enrramadas son
como otros días, pero hablan de intimidad;
y yo escribo versos.

32

Y me hundo en la tierra de alma parda
y verde; la nieve y la lluvia
el cielo azul. Y me sé espejo, espejo
de extraña profundidad y dimensiones;
donde tiene capacidad desde la magia
más profunda y esencial,
hasta la caída libre y oscilante
de la hoja pálida del roble sobre la hierba.
Donde muchos de los que se miran
se ven extraños, y hasta insensatos, otros
tiernos y sabios; otros crueles y brutales.

¡ Espejo, espejo!, la niebla es densa
y me veo joven; demasiado joven.

Se arremolinan las hojas tempestuosas
en un claro gris plomizo.

El viento,
el viento y la noche cantan canciones de otoño.
Otoño, umbría oscura iluminada de luz, en días
claros, donde el sol es tibieza.

El paisaje en el noroeste, forma
parte de la sangre, es un continuo revivir de
sonidos y ecos, de colores, siempre en movimiento;
con la tormenta que se pierde en la memoria.

33

XXII.- El viento

Un hombre y su pasado se encuentran
en una esquina; el hombre tuerce
la vista, su pasado le obstruye el paso.

Cantan sobre la ciudad los pájaros
del destino. El hombre camina
dejando huellas sobre la hojarasca.

El viento agita los árboles del parque,
la noche sueña un sueño de cemento,
el hombre camina, camina, camina.

El viento sabe, sabe de glorias
y derrotas; sabe del hombre y del mar,
y de los bosques de terciopelo.

El contador de historias bebe vino
junto a la chimenea, está en
silencio, un silencio que embriaga
como su vino; del fuego nacen
serpientes y brumas y árboles
y canciones de la noche.

34

XXIII.- Poeta IV.

La noche trae recuerdos en su
mirada. Hoy tras largas ausencias
escribo de nuevo el poema.

El sueño de la noche, en este despertar.
El amigo herido que huye por los
bosques del laberinto. El minotauro
y otros animales, y otras más
invenciones, construcciones, criaturas;
con las que se encontrará quien sabe
cuando…

El amigo tenía ojos de caramelo,
y abundante y enmarañado cabello
negro.

Nos separamos un día que ya
no recuerdo bien, solo permanece
en mí la sensación vaga
de un tiempo sonámbulo y sangrante.

Desde estos versos, amigo te digo:
ama el mar, con sus temporales
con su quietud, con sus vientos
y su belleza, contempla su fuerza;
observa sus criaturas y ama
a los que sientas más cerca
a los que te tiendan la mano.

35

Nunca nadie logrará ser
su dueño ni su amo.
El mar nunca
será siervo de nadie.

El mar es la madre en continua
concepción.

36

XXIV.- Soledad y oscuridad

La tarde es calurosa, no tiene
nada que me atraiga en su transcurrir,
en su piel transparente.

En la cárcel de mi cuerpo, me siento cansado, incómodo.
Las hiedras me recorren cual edificio viejo. Me siento
abandonado y herido en esta urbe del laberinto
en la que vivo.

No hay ni una luz, ni ninguna esperanza
que perseguir; cual iglesia rural desvencijada
pertenezco al olvido, al polvillo del sueño
que se arremolina lento en el zócalo de mis
ventanas.

Mi alma astémica me tienta al vino
y al exceso. Los placeres pasados
pulsan el deseo en mi memoria. Me habita
el hastío, como un inmenso sopor que me desespera.

En vano trato de usar la disciplina del orden,
recurro al método…

El llanto interno, sin lágrimas y sin
sonido, se apodera de mí; me hunde
en el olvido sin dimensión, ni historia,
como un objeto ingrávido en el negro espacio.

37

Camino invisible por la ciudad, por sus
calles de cemento, sus luces y rótulos;
su mecánica su indiferencia.

38

XXV.- Al sur

Al sur, por los caminos del sur,
una sonrisa lejana de mujer
asoma a mi ventana.

En otro tiempo, nunca pensé
en el olvido, ni tan siquiera intuí
el laberinto.

Por los caminos del sur,
las estrellas y la luna llenan hablan en el
silencio, la leve brisa habita la oscuridad
y resucita formas ancestrales;
la unión a lo cósmico: identidad de
lo elemental y la pureza.

Por los caminos del sur, la amistad franca,
la ingenuidad y el amor adolescente.
El llanto todavía no existe, la lágrima
todavía no nace; luego vendrá el desierto
y el llanto, medio sonámbulo el olvido,
y el sol calcinará las lágrimas, …, más tarde
el laberinto y el hielo;
entre tanto las estaciones
hablarán de cosas
el viento peinará los árboles del parque
los niños beberán en las fuentes cristalinas.

39

El tiempo me recuerda que existo
y que habito el sueño.
Cual habitante de un cementerio marino,
me dormiré con las estrellas bajas
y el ruido del oleaje creciéndome, hasta ser
uno con el agua.

40

XXVI.- Sueño I

En la soledad de la
alcoba, el amor. El tiempo me
labra el interior; cañas y mar
sol y sal; el sueño me soñó a mí.

El sueño me labró con amor y dolor,
el sueño me cegó;
dejó solamente una luz;
y duelen, duelen tremendamente
las entrañas y el alma.

41

XXVII. ? El mundo

Pasa, pasa…

El teatro del mundo
te espera; el teatro es juego y sueño;
lo habitan seres,

teatro loco también;

aprenderás a vivir en su escena.

Pero no olvides que el mundo
no es sólo teatro, ni juego ni sueño.

Es vida.

Busca sus raíces
y las tuyas.

42

XXVIII.- Sueño II

Es de noche, la oscuridad es hermana
del sueño.

El mar mece mi mente,
soy hermano del mar
que rompe las olas en la playa,
en las calas del acantilado.

Mi corazón de caracola
tiene sueño.

43

XXIX.- Sueño III

El aire de la noche, trae
un susurro de canciones de otoño.
He soñado tanto, que
comprendí que el sueño
es de cristal.
He soñado tanto que mi sueño
se convirtió en la nada.

Temo despertar y romperme
en trozos minúsculos y desmemoriados,
en vida acéfala y herida.

Dime qué soy; respuesta
respóndeme. El que
ayer fui, se ha desmaterializado
en el espejo. Dime tiempo,
tú que sabes las respuestas,
¡porque me duele y me da
miedo, a veces, como ahora,
respirar!

44

XXX.- Noche de verano

La tarde crepuscular habla
en la voz de las golondrinas,
el río pasa muy lento, ceremonioso, engolado
de verde; dos niñas se bañan en un claro,
hombres pescan con ligeras redes
en el lago bajo un sol salino.

El desierto se extiende a lo lejos
las casas son de adobe los techos de cañas, el agua
mana cristalina,
no hay tormenta solo cae
ligeramente una llovizna que
penetra en los cuerpos, que entremezcla
su respiración con el álito de la tierra;
hombres, mujeres y niños, que translucen vagan por la aldea,
caminan entretenidos
ríen y hablan entre las hogueras de la noche
en una aldea con transparencias azul marino
y luna llena.

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