El mar y las estrellas
Poesía para leer
agosto 2012 por José Antonio Pérez Losada
1. Recuerdos I
Sobre la arena húmeda de mar
camina un hombre alto, delgado,
se detiene a recoger guijarros;
la brisa y los charcos sobre los que
chapotean las gaviotas son cristalinos;
un pañuelo blanco ondea sobre su garganta,
las nubes cierran el espacio, es otoño,
un niño juega en la playa.
Y me pierdo en la luminosidad roja
de las viñas, en su hierba verde perleada de rocío,
y me pierdo de niño en las calles mal empedradas
comiendo una manzana
amarilla y dulce como el sol en otoño;
me pierdo en las plazas vacías con fuentes
de talla perfecta, que murmuran la
profundidad de la vida y la transparente luminosidad
del día; y los guijarros al fondo perfectos
y blancos, conchean la fuente,
que chorrea un murmullo
secular de silencio y acontecer.
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2. Recuerdos II
Se mecen los árboles, acompasados
por el rumor lento del río; por el
rumor lento y es verano, las libélulas
sisean el remanso.
Escribe el poeta en la cárcel del tiempo, y la
nieve puebla su ventana, en la cárcel del tiempo,
y se acuerda de niño cuando la vida venía
en los libros y se aturdía somnoliento en las aulas;
en la cárcel del tiempo escribe el poema
que se hace amarillo y polvoriento en la
biblioteca;
de vez en cuando lo desempolva, y lo lee
lo recuerda lo inventa;
y piensa en el orbe divino
y llueve. Las hojas vuelan en las plazas
crepitan rotas en las pisadas;
un niño duerme y es mi hijo.
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3. Recuerdos III
La tarde tiene reflejos de roble en su
interior milenario, alguien en algún lugar
escribió palabras huidizas en la playa del
crepúsculo,
palabras huidizas que enseguida engulló el mar.
Una pequeña bandada de gaviotas voló
hacia las cuatro torres blancas las cuatro almenas
del castillo que nadie habita.
Sumido en la bruma blanca del rompeolas,
en la brisa húmeda y salina del atardecer
de un día poblado de naranjos;
día hermano de la recolección de granadas
granadas en el interior fresco de la despensa,
con niños que juegan subiéndose a los árboles
e improvisando cabañas con cartones; en el verano cálido
de los días imaginarios, al que se llega,
entre otras fórmulas, a través del espejo de un armario
vetusto por viejo y anticuado, pero sobrio y bien conservado,
de la casa de una abuela pequeña y risueña, vestida de oscuro,
o de la habitación de un estudiante tierno y poblado de
colores claros, en cualquier día de la historia.
Un pájaro lleva en sus patas una piedra azul, en ella
se ve la profundidad del océano y evoca un murmullo,
entre sonoro y apagado de cascada y de mar acariciando la
playa.
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4. Recuerdos IV- Verano
Llueve, ligeramente llueve
el agua suena a hueco en las hojas de los plátanos
en el parque para niños pequeños; la sombra puebla
la calle sobre la que voy, oigo una voz mimosa y coqueta
leo sus sonidos difuminados, es una gata peluda y azabache
que ronronea caminando blandamente por los tejados,
entre las chimeneas y las claraboyas de las buhardillas,
entre el olor a estrellas y el aire iluminado de transparencias
bajo una luna naranja redonda y preciosa.
El anciano maestro sabía muy bien que aquel joven de aspecto
a veces indefenso, distraído un poco melancólico como los bosques
en invierno, solitario como un río, había peleado en luchas
imposibles obstinadas, conocía el sabor de la derrota.
Él sabía como era el anciano, le daba fuerza.
Llueve, ligeramente llueve
el agua cae sobre la hierba sobre la tierra parda
sobre las plantas del vino, perlea sus hojas esmeraldas;
me viene a la memoria aquel niño de pantalones cortos
que se escapaba del colegio, con un perro por el campo, que se
tumbaba bajo las higueras que comía moras silvestres;
al que le aburrían los profesores que se dormía en las clases
que volaba con los pájaros y le entusiasmaban las mariposas.
Recuerdos de agua fresca y mimosas amarillas;
saltar la verja caminar por las calles mal empedradas de suburbio
con geranios rosas y rojos en las ventanas, con transparencias
azules en el aire; pulsaciones de vida en mi memoria.
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5. El viejo
Por la playa camina un viejo
lleva sombrero y barba blanca, una pipa asoma en sus labios.
Se puso muchas veces el sol en su mente tantas que ni el
invierno lo recuerda.
Las palabras de aquel viejo tenían sonido a conchas marinas,
su respiración era el eco del valle en el que el tiempo
crece como planta libremente, aquel viejo era un viejo sabio.
Su mente era un espejo abundante, limpio multicolor,
del conocimiento de la vida;
la edad de aquel viejo árbol no la medía el calendario.
Sus raíces llegaban a la alquimia del mundo, su visión pasaba
las dimensiones de la materia.
Lo veo en la playa caminando sin prisa en una bruma blanca;
en el atardecer poblado de todas las estaciones, de sonido
de gaviotas y del rumor suave del mar.
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6. La playa y el agua
Por la playa a la brisa del horizonte
la arena blanca,
algunas conchas de nácar la terciopelan;
el día es claro con transparencias cristalinas
en verano; las aguas remansan
se arremolinan suavemente,
la hondura verde del mar habla de silencio;
el cañaveral al fondo
ingrávido de amarillo en el calor
del mediodía.
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7. Nostalgia y Fábula
Eras un amigo entrañable, un buen amigo.
vivo en este lugar, cómodo y tranquilo, con un buen
paisaje; amo y me aman. Pero era cuando era, era como si
las estrellas no tuvieran fulgor
era un espejo por río, un frío espejo.
Olvidé las deudas, sólo me desvanecí en el tiempo. Los libros
ya no me despiertan codicia, más bien los colecciono.
Anduve solo entre la montaña y el río; descubrí algún
secreto que llevo conmigo. Era el tiempo de ?había luz en los
bosques la noche hirió la playa la luciérnaga escribía
en transparencias el musgo era luz de esmeraldas, en el
paraíso no había árboles prohibidos; el agua refleja en su
quietud el resplandor de la luna?.
Es la historia poeta de este lugar planeta, poeta sin poesía
que no existes; y esa niña con vestido verde y sombrero de paja
que camina por las tardes del verano. Dime poeta como sientes
el óxido de tu alma. Escribo tres versos:
apenas oigo las voces de la calle, parece la calle un desierto
de sonido
apenas oigo la música de las gentes, ni a los chiquillos
jugar o gritar
hace años jugaba a la peonza, hoy aquel barrio ya no existe.
Me traen recuerdos, latidos de la memoria,
escribí: en la ciudad comercial un suicida cuelga de una cuerda.
La civilización no ha muerto, completamente nunca ha existido,
más bien son bocetos de un proyecto.
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8. Nocturno I
Llueve en el parque, las hojas de las camelias a la escasa luz
emiten un resplandor plateado.
Aquel hombre que yo
recuerdo murió porque ya no pudo ascender más alto (en verano los
lirios amarillos traslucen), el círculo de fuego fue mortal.
El último odio de aquel día obturó su memoria,
le clavó su aguijón llamó a la compuerta de la muerte.
Fue aquel pájaro que rompió sus alas desencajadas
por el esfuerzo, apresado en una red, en una hora cualquiera,
que alguien no se sabe ya quien puso una vez,
que las crónicas más antiguas omiten.
La brisa mueve las hojas de los plátanos en el parque,
las gotas de rocío traslucen en la hierba a la escasa luz,
el chapoteo de la gran fuente habla de silencio.
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9. Fábula
Tardes floridas de junio, ciruelas y manzanas.
Se abrió el cielo en obertura de luz, salimos a pasear.
Solos la tarde y el sol se veían, las grullas levantaron
el vuelo
hubo una canción que cantaban los árboles y los tréboles;
el señor de la noche pobló el bosque; la ciudad comienza a
dormitar.
Las grullas levantaron el vuelo hubo una canción que cantaban
los pájaros y las luciérnagas; despiértate amigo; un viento
suave puebla el silencio un zumbido de campanas puebla
mi memoria.
La luz me ciega. Hubo una canción que nunca cantaron
los humanos.
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10. Tormenta
Cuando el ciego palpó el árbol crujió la tormenta al
comienzo de las casas. Hacia el parque todavía el sol no
estaba oculto y sin embargo aquel niño caminaba sin miedo
con su globo verde.
La tormenta creció con su color gris profundo
ensombreciendo alamedas.
Volaron las palomas inquietas, comenzó la lluvia;
aquel niño caminaba con su globo azul.
En un bar un mendigo bebe vino, blanco metálicos
se alejan los rayos. Renace la ciudad y es verano,
muchachos nadan en un remanso del río;
puebla el horizonte una ligera brisa que despide al sol.
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11. Otoño
Es otoño, una brisa húmeda
recorre los bosques de robles
el sol naranja hoy no se pone,
por el camino de niebla en otro tiempo
va un anciano recio como un abedul
tiene plateadas las sienes.
Es otoño las hojas húmedas
se arremolinan en el suelo del parque,
la grulla blanca grazna en el río
en una transparencia plomiza,
un niño sueña entre gotas de lluvia
de una ventana con la última luz diurna.
Es otoño, en otro lugar dos seres
juegan el juego de la imaginación,
sin fichas sin tablero sin muerte,
en el país de la luz,
en un descanso del ir y del devenir;
sueñan.
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12. Tres Hombres
Un hombre fue al mar y
encontró en vacío de las olas,
más tarde caminó el camino de la nada,
antes había recorrido el
mapa de los libros.
Otro hombre anduvo el camino
de los bosques y aprendió el idioma
de las bestias, se alimentó de frutos
silvestres, bebió el agua de la lluvia,
durmió encuevas calientes,
vivió en una cabaña y se alimentó del fruto
de la tierra.
Un tercer hombre emprendió
el camino del espíritu.
Tres hombres, quizás sólo sean, uno.
Suena la lluvia se oye un canto de danza.
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13. El crepúsculo y la bruma
Un señor de sombrero verde me hace señas en la playa.
Las olas en vaivén remansan en la playa dorada de conchas.
Un caballo corre sin montura por la arena.
Un niño hace castillos de tierra en la tarde poblada
de luz y gaviotas.
En el crepúsculo el sol naranja empieza a ser bebido
por el mar infinito.
La aurora se pone con su manto arco iris. Un niño corre
entre el remanso, cansado me da la mano y caminamos
por el atardecer en la playa del horizonte.
Caminamos por el campo buscando nidos de aves;
en las abruptas rocas entre el sonido y las explosiones
de espumas; los cangrejos huyen sorprendidos de nuestra visita,
los sentimos esconderse y nos divierte.
Un hombre con su caña no cesa de pescar, nos acercamos
y le pedimos peces de colores, él abre la mano
y nos da caracolillos.
El pequeño y yo nos alejamos, yo con los peces
él con los caracolillos.
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14. Un pueblo en primavera
En el camino
camino por el que no suele andar nadie,
percibo una estancia amplia
un sonido de fuente
una transparencia en el aire
que medio me aturde.
Camino que no puedo desandar,
restos de dolor en la consciencia corporal;
el aire trae olor a esencias, a semillas,
un niño juega en el riachuelo
las barbas del musgo
aterciopelan las grandes piedras,
el agua es clara cristalina fría,
el pequeño puente comunica con la aldea
los árboles son altos delgados frondosos
el murmullo del agua puebla el espacio;
la aldea con pasadizos de piedra entre las
casas.
Y mi abuela redonda pequeña con ojos negros
como el misterio y tiernos,
el sol la puebla y la envuelve y me mira
me sonríe.
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15. Hastío
La tarde ha caído bajo el manto
de la noche,
los árboles en el parque oscurecen.
El polvo de estrellas
ensancha los pulmones y la armonía
pulsa sus teclas de clavicornio.
En la memoria aparecen
imágenes de mi otrora
vagabundo mendigando entre
las gentes caminos de conocimiento.
Un sauce mueve sus largas y delgadas
ramas al son del viento, en el
parque un banco amarillo me invita
a sentarme y contemplar los gatos
y las luces de la noche, y los escasos automóviles
pasar.
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16. Ciudad I
El mar me recuerda la frondosidad de los robles.
Gente caminando, una mujer
arrastra un cubo de basura.
La estrella de plata ha muerto
sus rayos se van diluyendo en el vacío. Un
hombre enciende su coche cuyo motor renquea. No
se ven murciélagos hoy en el jardín
sólo un búho de canto cetrino y manzanas
amarillas recién caídas.
El anciano encorvado siguió su dirección
husmeando la acera.
Aquel niño joven de ojos profundos
aceitunados y nocturnos, silbo la oscuridad
como un murciélago.
El mar acaricia la arena
en la playa un niño juega a
hacer hoyos, a los lejos las gaviotas cristalinas
gorjean.
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17. El Poeta
Por la playa a la sinfonía de la espuma
camina el poeta
a la luz del sol y la visión azul de algún
planeta, por la arena, hundiéndose sus pisadas
en el silencio y el murmullo lento del trajín
de las olas rompiéndose.
Por la playa camina el poeta.
Al alba hojea el calendario
y señala con colores algunos días,
camina invisible por las calles por la arena,
se mece en la umbría profunda
de los robles
busca ninfas en las fuentes cristalinas
del verano, escribe una canción de
versos esmeraldas y la tararea bajo la
lluvia,
camina entre los jirones de la niebla.
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El poeta en el hombre no es
público, es privado
oculto entre los cerezos en verano
entre las cepas en la vendimia,
tocado con sombrero alado y atuendo
de vino cantando las canciones de los
vendimiadores, recogiendo de su vida el fruto
y llevándolo a la prensa, para que salga
vino de sus semillas de oro para que salga el licor
de sus semillas de tierra,
de fruta de hierba de roca.
El poeta camina por la playa hundiendo
sus pisadas en la niebla deslizando su cuerpo
por la brisa marina, oyendo la
música de los caracolillos.
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18. El jardín posterior
Llueve, llueve, mi alma ondea lirios en tu pelo.
He recorrido el río y la montaña
he volado en los ojos del águila
he encontrado la desolación de
las estrellas.
Sin embargo en la desolación
no había dolor; sentí el oboe del cosmos
con su ritmo de silencios,
sentí el amor emanar en mi alma;
la complacencia de mis sentidos.
El ritmo lento del acordeón de un
mendigo suplicando monedas.
Sentí la desolación gélida de los hombres;
lágrimas en unas mejillas tras la ventana; la negritud
de la noche palpitando en las calles
desiertas.
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Creo que
mi infancia ha existido siempre tras una cortina,
habitando un mundo donde yo era el único morador.
Oh!…, tras la cortina mi infancia se me revela poderosa y feliz,
tras la cortina habitada de estaciones
luminosas, a veces tenues; tras la cortina
el mundo me pertenece, es mío palmo a palmo,
rosales y árboles
hoja a hoja.
Tras la cortina no hay tiempo;
ahora inventando juegos
después corriendo aéreo por la hierba
otrora sintiendo la florida primavera
en mis venas, en mis pulmones.
Tras una ligera y opaca cortina
cual puerta del tiempo
mi infancia vive inmortal y duradera
mientras yo exista.
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19. Habitante Anónimo
El crepúsculo revolotea el contorno
de las cosas, en la tarde de verano sedienta
de sombra.
Alguien, ese habitante
anónimo que camina por las calles
coloreo el crepúsculo en un sueño.
La ciudad palpita
discorde, el habitante anónimo la
recorre, distraído sin énfasis
saboreando el atardecer;
recorre plazas alamedas fuentes cristalinas
y húmedas; hoy con una humedad pétrea,
que habla de mar y bosque
en intimidad mística:
El hombre,
el agua, la piedra,
el remolino.
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20. La carcoma
Quizás yo sea una piedra,
comida por el viento y el tiempo.
Quizás el corazón se me haya
secado como una rosa marchita.
En las venas tengo ya el viento
y la carcoma, carcoma que me orada,
orada lentamente y a veces duele;
soy también de carcoma.
Roble que en el bosque se deshace
lentamente, lentamente se pulveriza
leyéndose hacia su esencia;
a la luz dorada del sol,
o del invierno tormentoso y húmedo,
o en esos días en que la calma
tenue habla de silencio.
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21. Nostalgia
La nostalgia puebla mi ventana,
las gotas de lluvia como diamantes
se quiebran en el zócalo.
He soñado el sueño de la noche,
otrora el día hería mis pupilas,
he soñado el sueño de la noche; las hogueras
trémulas al amanecer eran corazones
sangrantes, entre cenizas, al alba.
Sueño, sueño, me duele el soñar
como una espina; cálidos recuerdos
supuran hoy en mi interior.
A veces creo que soy la imposibilidad
del sueño; a veces me veo como una
masa que camina herida bajo el sol;
otras la melancolía la nostalgia
me cortan como un cuchillo.
A veces al frescor de la gran fuente
del parque, me pregunto dónde y de qué
material son los laureles del poeta.
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22. Ella
La tarde camina lenta hacia
el anochecer, es verano,
el visillo tenue del crepúsculo
habla de tibieza en los árboles del parque
en las fuentes en la tierra caliente.
Ella camina hacia mi encuentro,
tiene castaño el cabello-fue trigueño
como el oro, transformado hoy por
la cadencia del tiempo-, camina
con pasos íntimos y femeninos,
con cadencias eternas y la alegría blanca
de azucenas. Yo amo a esa mujer,
me siento natural y cómodo como el agua;
ella sabe que a veces soy oscuro y turbio;
mas la flor del magnolio nos entrelaza
primigenios, por eso quizás a veces
discutimos y nos enfadamos seriamente.
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Yo amo a esa mujer, me sabe
como a sus manos, otras veces las menos
me ignora como libro de biblioteca
oscuro y cetrino como la noche y el invierno.
Cómo es, me pregunto a veces, en momentos
de desánimo y desconsuelo, el tejido profundo
de su alma para no verme y errarme a veces
concluyentemente.
Con ella camino por las calles, fluimos
en alegría inesperada en la brisa de la alameda,
entre tilos; o nos miramos para sabernos
entre la multitud que camina.
El tiempo construye castillos de naipes
que derriba a su antojo; pero yo amo
a esa mujer
forma parte de mí
es la piel que me recubre
y me alimenta
me da vigor y calma mi sed,
es el oxígeno de mi respiración
desértica.
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23. El viejo marino
En una taberna junto al mar
un viejo enciende su pipa;
la tarde cadenciosa arremolina hojarasca;
las gotas de lluvia descienden por el cristal.
El viejo fuma y la tarde cambia
de luz; en el cementerio blanco
sus antepasados duermen. Algún día
él dejará el mar, su pipa, las calles
empedradas de su pueblo marinero…
El viejo fuma en un silencio
interior que es quietud,
y recuerda…;
su mente viaja,
atrás atrás, cuando era joven
y tenía el viento salino en los brazos;
cuantas veces amó en el amanecer…
Las olas se visten de penumbra
en el invierno gélido del Atlántico.
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El viejo fuma, y una sonrisa
tiene en los ojos, sus ojos grises
como el cielo de hoy; la tibieza
lo recorre de punta a punta.
el mar que ha ahogado a tantos,
es un licor que lo mece lento,
cadenciosamente como el arder del fuego en
la chimenea de la taberna, como el susurro
del viento que cuenta historias
de pesca y redes,
de barcos en la partitura del ocaso.
El viejo duerme,
la noche como una cortina negra
habita el pueblo, solo el agua
golpeando el muelle habla.
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24. Ciudad II
Gentilmente, el tiempo me recorre.
El magnolio blanco sueña
un sueño tibio, nocturno.
El mendigo es ese ser despreciado;
despreciado, porque en él
como en un espejo nos vemos
todos, todos pidiendo algo.
Es ahora ese hombre viejo y mal vestido
al que le temblequea la mano
pidiendo unas monedas, el mendigo
del que hablo;
breado de otoño y urbe, milagrosamente
superviviente de muchos inviernos,
amante de sol, esquivo y maldiciente
cuando se da cuenta que lo
observo hace rato.
A contraluz, la ciudad jardín (a veces
la ciudad con sus maceteros húmedos,
parece una ciudad jardín)
anochece lentamente, lentamente
el verano va entibiando las noches (la gente
habla más alto y más alegre por la calle,
anocheciendo a contraluz)
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Sin embargo, con todo eso, el dolor
es una lágrima que me recorre;
lentamente me va ahogando,
amargamente me voy durmiendo
en la soledad herida de este
día de junio, donde el lirio húmedo
y el lejano jacinto siempre vivo
en mi recuerdo atardecido,
es la belleza que hace mi dolor
más transparente.
Y contrapuntea mi identidad
mi lágrima.
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25. La catedral
La lluvia cae sobre las calles,
un gato empapado está estático
ingrávido sobre el pasamanos de
piedra
de la catedral,
las campanas zumban;
en el interior
varios rayos dorados
iluminan el oscuro, tenue
pórtico,
canciones de infancia pueblan los
arcos las columnas;
al atardecer un silencioso murmullo de
voces olor a incienso
velas que parpadean pueblan las estancias;
los muros y los suelos de piedra de la catedral.
Fuera, en la luminosidad atlántica del día
las palomas gorjean en las torres,
vuelan en la quietud,
caminan plomizas entre las escaleras.
El viejo reloj de las seis.
El invierno comienza a apoderarse
del día, va poblando las calles
con su vestidura de agua
y niebla, con su aliento frío.
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26.
I. Bruma
Como un torbellino la luna
estrecha la playa.
El claricémbalo nocturno
de la caracola acompaña a
la nana del viento.
El huracán y la tormenta;
naufraga el velero blanco
de velas blancas.
II. Caminar nocturno
Cuando yo era más joven, el fuego
de la chimenea crepitaba,
despertándome sombras de misterio.
La hoguera de la noche
susurra otoño, la navaja curva
de la luna contrapuntea el hálito
vegetal de la alameda, en una
oscuridad que habla de silencio
húmedo y polvo de estrellas.
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III. El sol
Recuerdo cuando en la barca
de la infancia, entre juegos
los primeros deseos amorosos,
el sol amaba a la espiga en verano;
las amapolas sonámbulas
tañían el arpa del atardecer.
En el crepúsculo-esa hora mágica-
el gorgoteo de la fuente
estrechaba la raíz del roble.
IV. Ingravidez
El gallo negro solitario y brillante
en la orilla del estanque,
el tañido de la campana en la
ermita del bosque,
la hiedra esmeraldina y vivaz
y el pueblo que anochece al temple
del claroscuro de las hogueras
y el hulular del humo en los
tejados.
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V. Día azul
El alba con su vestido de novia,
la noche con su ropaje de fuego,
el tañir austero de la campaña
convoca las estrellas al concierto
armónico de las grullas blancas;
De niño las blancas grullas
poseían el misterio del sueño;
soñar es un hábito que
siempre amé.
VI. Sentir
Quisiera hoy, recibir la comunión
cósmica de la existencia;
habitar los mundos que existen
cuando la noche se despierta
y el hombre sueña;
sentir la esencia primordial
de mi ser, saber lo que no se,
conocer a mi creador.
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27. El visitante
La lluvia ya pasó, vuelven las libélulas al río.
Me acuerdo de la tierra de las blancas casas
barcas de veloces velas, playas blancas.
Recuerdo las transparencias de los pinares
el color de los maizales.
Vuela la paloma y la golondrina; el gavilán
observa;
en la tierra de blancas casas y playas blancas.
Las gentes del lugar hablan del visitante,
ese hombre enjuto de pelo blanquecino
bien vestido con ojos de paraíso y de misterio.
El aire el mar
los árboles, susurraron a aquellas gentes de piel
endurecida.
Susurraron, que el visitante era de arena y algas,
de mirlos y niebla, de sol y barcas.
Susurraron, que era de brea y agua
de árboles y frutos,
de hojarasca;
de noche y luz.
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28. Nocturno II. Oración
La tarde se volatiliza recortada de noche,
los chopos junto al río murmuran eternidad,
el aire zozobra barquitos de papel en el remanso;
me has dado el alma y sólo siento el odio de las gentes,
sólo veo el rencor y la rabia, la crueldad y la brutalidad;
y la tristeza me hiere y el alma se me llena de pus
y dolor.
Dime, porqué no me has hecho árbol o piedra,
porqué humano, si la vida me cuesta un esfuerzo
que no puedo pagar; si lo que me queda
es envejecer en mi mísero cuerpo,
o Creador y señor de todo lo que existe,
porqué no hacemos un trato, tú me envías la muerte
a recogerme, y yo te soy útil en lo que desees.
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29. Atardecer
Alguien escribió: en el valle no hay caminos
sólo hay estrellas, no quiero obsesionarte con
la muerte.
Llueve sobre el bosque en la montaña,
las campanillas blancas se comban
en la suave lluvia. Las hojas de los árboles
navegan en la quietud transparente
de la calma. Un niño corre por la hierba.
Me duele la vida en las venas, en la sangre,
en la carne, en los nervios.
Me duele la vida en el aire que respiro.
Me aletarga el poema me duerme,
me cura me da vida me despierta
mientras lo escribo.
Me gusta coleccionar versos.
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30. Al crepúsculo
Escribo unos versos;
el verso tiene ritmo de lluvia;
al claroscuro el crepúsculo
ensombreciendo la alameda.
Hoy soy feliz, tengo la felicidad
de un niño, como la felicidad
de mi hijo;
tengo las preguntas de un joven,
yo que tengo muchos más inviernos.
Quizás es que he vivido reflexionando poco,
quizás he sentido el mundo como
una planta.
O es que quizás se me ha quebrado
la cabeza en pequeños trozos
desmemoriados,
en el ir y el devenir de los días.
Y ahora por suerte de azar
o por probabilidad matemática
calculada de antemano, en oscuros días;
donde la esperanza era
un alimento escaso y dudosamente cierto;
en vez de rota cabeza de barro
empieza a germinar,
en abono de hojarasca y humedad
y primordial rocío, la semilla de mi ser
transformado.
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Lo cierto es que hoy tengo
una extraña felicidad que
se asemeja a la de un niño;
con su azul primaveral tiñendo
el bosque las enramadas;
Aquí en el noroeste donde la tierra parda
y húmeda y la corteza vieja del roble
se llevan en la sangre.
Aquí donde el rocío ama la hierba las piedras;
donde la umbría se mira en las fuentes cristalinas
y susurra historias de hados y secretas fantasías.
Lo cierto es que la felicidad hoy,
me hace parecer un poco tonto y
vanidoso, y el desdén se ríe en mis ojos.
Otrora la burla me hería el rostro;
sin embargo hoy la felicidad me
inunda el estómago, remansa mis pies,
complace mi mente.
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31. Poetas
Yo soy aquel poeta, hermano,
aquel poeta que ha muerto ahogado
en su propio mar. Un buen día
cesó la lluvia y yo me mezclé
con la hojarasca; lentos recuerdos
evocaron a los poetas muertos.
No somos miembros de ninguna raza privilegiada
que transmite sus secretos tesoros, a los más
esforzados profundos y heridos de sus hijos;
que han sentido el mar los bosques
el desierto en sus venas.
No recogemos ningún legado esotérico.
No somos más que pobre polvo encarnado
que sueña;
no nos distinguimos en nada de aquel
que viene o de aquel otro que va.
Tampoco somos
príncipes ni reyes, monarcas de perdidos reinos;
somos parte del magma terrenal, que habla de fuego y noche.
Sólo somos polvo que
camina, sueña, recuerda.
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Quizás algún día
nos convirtamos en agua que remansa
o en piedra que duerme el sueño de la noche.
Quizás algún día seamos gaviotas felices,
seamos manantial de agua clara.
Mientras tanto seamos hermanos del hombre
que nos reconoce como hermano.
Amemos el viento que puebla nuestras venas.
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32. Ciudad III
Por la tarde, la tarde hoy tiene terciopelo en la
mirada.
Hoy aquella calle tenía un vibrar de gentes
que me sorprendió. Un pintor callejero y rubio
como la hoja del roble en otoño, de largo cabello;
congregaba a su alrededor gente. Mucha gente.
Digo esto, porque esta ciudad, es gris, desértica
en belleza, monocorde y sorda como la cuerda
que se rompe, en la armonía del arpa de transcurrir.
Creo que no exagero, si digo, que esta ciudad es torva.
La abulia, el hastío, la presunción; son los frutos
que crecen en ella
(los dientes de nácar del mar se
rompen en el espigón férreo de su puerto);
es la puerta del pedregal. Es una ciudad ingrávida,
oscura y opulenta; aquí el alimento del espíritu
es una baratija inservible.
Es curioso y extraño, como hoy la belleza
de aquellas pinturas, congregaban a la gente;
e incluso estaban alegres, con una alegría pegadiza.
Es un brote cristalino de primavera, en el
invierno perpetuo de este pueblo.
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33. La mala hora
Las palomas vuelan sobre la plaza
en equilibrio pétreo y transparente.
Quizás el poema sólo sea un
puro ejercicio intelectual,
quizás solamente sea eso. Quizás
sólo sea la necesidad de un momento
con destino desconocido.
Nunca he deseado tanto la muerte
como esta tarde. Son las
malas horas, que de vez en cuando,
supuro. Lucho desesperadamente,
pero el deseo de muerte, de olvido,
me vence;
Me hace caer en un trance oscuro
y somnoliento; es la mala hora…
Hace años yo era un joven despreocupado.
Poco a poco mi ser se fue erosionando, cual estatua,
afectado por el dolor. Hoy aquel joven
ya no lo reconozco en el espejo,
se borraron sus huellas,
en un caminar por el desierto
entre el naufragio y el cansancio
la sed y el hambre.
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Las rosas áureas, del jardín acuático
que allí hay…, en aquella ciudad
calman la inquietud del visitante.
Las mujeres jóvenes bailan en las noches
de la luna resplandecientes, entre las hogueras
de la plaza. Los hombres jóvenes aman
la noche en verano; la música refresca
el atardecer.
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34. La tarde
Eran las cuatro en el café,
el siseo del tiempo hablaba
en los espejos.
Una muchacha de lacia cabellera
negra me contempla despacio,
en la pared una máscara roja
sorda e ingrávida.
La tarde se diluye entre los
viejos edificios; en este tiempo
abundan los mendigos;
un niño me recuerda la vida,
la transformación.
El sueño de la ciudad; habla nocturno,
del perpetuo otoño del parque.
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35. Nocturno III
Dijo el mendigo
que había mucha crueldad en la ciudad,
tiene frío duerme en la calle;
aulló un perro,
un rey lejano condeno a un
súbdito: que lo cuelguen por el cuello
hasta que muera.
El viejo sabio de qué material era, me pregunto yo.
Culturas que se mezclan en la amalgama de hoy
y otras que agonizan.
La puerta final quien osa llamarla,
que le sucede al osado.
Antes, antes son recuerdos en la memoria,
antes es lluvia que siempre existe,
es viento, son hojas de otoño.
Quizás el viejo sabio nunca existió
quizás sea una broma, un personaje fantástico de
leyenda, que alguien inventó.
Algunos sueños los recogió el camión
de la basura anoche, se los llevó con los zapatos
viejos, con juegos infantiles estropeados,
con libros deshojados.
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36. Laberinto
Polvo y luna.
Amanece el corazón de la noche.
Tiempo he vagado, buscando la salida
del laberinto.
Hay una puerta que conduce al exterior y
al interior de ti mismo.
He vagado tiempo en las más deprimentes
marismas, donde el dolor
es tan intenso, que aturde
continuamente en una borrachera
oscura.
Después de haber
perdido muchas veces la brújula
y el norte, y hasta de haber naufragado,
de dudar de ti mismo, hasta del aire que
respiras; quizás encuentres más datos
sobre el laberinto y sus puertas, y sus estancias.
quizás encuentres un poco de descanso.
Dicen los sabios y los poetas, que hay una puerta,
entre varias, que te librará del laberinto, que
te conducirá al jardín de los senderos.
Dicen, el jardín
cuya belleza y sentido es de tu medida,
está al final de la búsqueda;
su precio es tu esfuerzo.
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Dicen los sabios y los poetas.
Yo, hoy, algo más sé sobre el laberinto y su noche,
y sus caminos.
Quizás algún día encuentre la puerta que me libere
de él. Quizás no la encuentre nunca.
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37. Naturaleza
Las flores de la mañana son azules
los cálices son granates. El viejo DIOS el constructor
hace la creación de la existencia en cada ser que nace.
Un niño juega en la orilla
del río, los viejos sauces se cimbrean.
Una vieja historia de luz llega a
mi conciencia, la oscuridad también
me puebla y me veo
en esa historia en reflejos
en ondulaciones.
Y me veo en árbol en pájaro
en agua del río, en piedra
En animal en planta;
en hombre.
Una culebra nada en la superficie del agua
lleva en su piel algunos de mis colores
el musgo profundo de las rocas
el molino muele nueces
y la transparencia de la tarde
convoca a la desnudez,
y a sentir el hálito de la
naturaleza de la vida.
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38. Tiempo
Cuenta el paso del tiempo
es una cuenta de astros
es una cuenta de ríos
es una cuenta de silencios.
Se apagó una vida,
el mendigo bebió vino,
los jugadores aguzaron sus apuestas,
y una niña con su cinta azul
en el sombrero llegó a un umbral
a una puerta.
En otro lugar un pescador
desenreda sus peces.
Sucedía el paso del río
lentamente
las piedras blancas del lecho
chispeaban silencios.
En otro lugar
tres caminantes
se detuvieron-.
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